El arca de José

El arca de José

Catorce perros, dieciséis gatos, treinta y ocho gallinas, seis cerdos ‘mini pig’, seis conejos, una pareja de hurones y tres ratas ‘husky dumbo’. Esta es la familia con la que el pacense José Antonio Castaño Villar, policía nacional de 36 años, convive en su parcela de la Dehesilla de Calamón, que sus amigos han bautizado como ‘el arca de José’. 

«Siempre digo: el último, y siempre llega alguno más». Este es el resumen de cómo se ha juntado con casi 80 animales para poner patas arriba su vida, que desde hace casi dos años gira exclusivamente en torno a ellos.

«Todo empieza con una bóxer, que es la perra con la que vivía antes de conocer a mi pareja. Ella también tenía un perro y tres conejos. Estábamos en un piso en el Casco Antiguo hasta que nos planteamos comprarnos algo en el campo». Tener más espacio se tradujo pronto en más animales. 

Su rutina empieza cada día pasando lista. Primero hace recuento de los perros, su verdadera pasión. Tiene desde un dogo alemán de 60 kilos hasta una chihuahua que no llega a dos, pasando por lobos checoslovacos, dogos de Burdeos, un pastor alemán, un carlino y varios mestizos. La privilegiada es Lola, una alano español que es la única que entra en casa y duerme junto a su cama.

Pareja de hurones.
Pareja de hurones. / CASIMIRO MORENO

De ellos, la mitad son comprados, la otra recogidos de la calle o adoptados. «A Tarta –una mestiza– la encontraron dos compañeros en un domicilio de Las Vaguadas. Era invierno y estaba sola. Se la trajeron a comisaría pero antes de llevarla a la perrera, decidí quedármela».

La historia de los cerdos empezó con Chata, la única a la que han puesto nombre. La adoptaron en Madrid. Después llegó el macho al que encontraron en los Lebratos, y que la preñó antes de que les diera tiempo a castrarlo. «Son animales domésticos, de hecho hay mucha gente que los tiene en casa. Igual ocurre con los hurones, que en Estados Unidos es el tercer animal de compañía y, sin embargo, en la región solo se usa para la caza furtiva de conejos». 

Los gatos son todos callejeros, salvo un azul ruso que compró. A ellos les tiene reservada una habitación de su casa y su ‘chaise lounge’ de 800 euros, que todavía le están doliendo porque el sofá en cuestión lo están disfrutando solo los gatos. 

Para ellos tiene proyectada una gatera. Y es que desde que vive en el campo, todo el dinero que han invertido José y Rocío –su pareja– en la parcela ha sido para hacer más confortable la vida de sus animales. «Desde que estamos aquí a la casa no le hemos hecho nada, solo pintarla y ponerle el aire acondicionado, pero nos hemos gastado bastante más en tener las instalaciones preparadas para los animales». 

No hay mejor reclamo para los cerdos, las gallinas y los conejos que el cubo de pienso sonando.
No hay mejor reclamo para los cerdos, las gallinas y los conejos que el cubo de pienso sonando. / CASIMIRO MORENO

Sirva de ejemplo, los 2.000 metros cuadrados del recinto donde conviven juntas las gallinas, los cerdos y los conejos. «Les tengo hecho un medio ‘aquapark’», confiesa. 

La segunda hipoteca

Esas inversiones son los extras, los gastos fijos de mantener a todos los animales de su arca son su segunda hipoteca. «En gastos veterinarios sin que pase nada, solo con las vacunas, las desparasitaciones y las revisiones son 1.000 euros al año, pero siempre hay alguna castración o se constipan. En comida, me gasto 300 euros al mes y eso que me hacen precio», enumera. 

¿Tiene cariño para todos? y responde:«De momento sí, aunque hay días que acaban con mi paciencia». A ellos les dedica prácticamente todo su tiempo libre tanto que los distingue a todos y solo con verlos intuye su estado de ánimo. De viajes no sabe desde que se fue a vivir al campo. «En este tiempo no nos hemos podido ir de vacaciones, solo alguna escapada de ida y vuelta en el mismo día. De todas formas, si estoy más de diez horas fuera no estoy tranquilo». 

«Es un estilo de vida que para mí es normal pero que no lo concibe nadie». Su padre es el primero que desde que está en el campo solo ha ido una vez a verlo. «Vino un día y se echaba las manos a la cabeza. No ha vuelto a venir», reconoce. Sus amigos, sin embargo, le piden llevar a sus hijos «como si esto fuera un espectáculo, aunque en realidad para ellos lo es». 

No le importa que piensen de él que está loco, sus animales –dice– le sirven de terapia «A mí los animales me dan estabilidad emocional, me ayudan a desestresarme, me relajan- y disfruto solo con verlos. Con ellos me evado de los problemas que todos tenemos», confiesa.

FUENTE:

MIRIAM F. RUA

HOY.ES

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